Crítica: House Of Cards, Season 1

No fue David Fincher, ni Kevin Spacey, ni siquiera Kate Mara, sino la insistencia de un amigo lo que me hizo empezar a ver esta serie. La idea me seducía, una serie protagonizada por un actor de esa talla, dirigida por un grande como Fincher y con un tema tan actual como puede ser la corrupción política y el poder y el dinero.

La serie es un remake de la serie del mismo nombre de los años 90, pero ambientada en USA en lugar de UK. Esta nos cuenta la historia de Frank Underwood (Kevin Spacey), un congresista al que se le ofreció el puesto de Secretario de Estado por asegurar la elección del nuevo presidente de Estados Unidos. Al romper el presidente su propuesta, Frank inicia un intrincado plan para destituir a la mayor parte del gabinete del Presidente como venganza y para así poder gozar él de una posición más privilegiada e influyente dentro del Congreso y de la Casa Blanca.

Para conseguir sus objetivos se ayuda de la joven periodista Zoe Barnes (Kate Mara) a la que le pasa información confidencial sobre lo que se cuece en el congreso, de su mujer Claire (Robin Wright), CEO de una organización sin ánimo de lucro que frecuentemente se ve involucrada en los líos de Frank y de Doug Stamper (Michael Kelly), su jefe de personal y persona de mayor confianza. 

A simple vista parece una serie de política, muy bien grabada, con una fotografía muy cuidada y unos actores geniales (tanto Robin Wright como Kevin Spacey están increíbles en la serie, brindándonos unas de las actuaciones más buenas del año), pero a medida que la vas viendo te vas sumergiendo más en la historia, viendo las relaciones personales entre los protagonistas, que no quedan en segundo plano, sino que tienen tanta o más importancia que las relaciones políticas. La serie se caracteriza por las frecuentes rupturas del cuarto muro, en las que Frank se dirige directamente al espectador expresando su opinión, viendo lo que realmente piensa y lo que dice.

Frank Underwood se trata de un antihéroe con el que simpatizas porque han roto las promesas que le hicieron, pero a medida que avanza la serie vas cogiéndole rabia ya que se trata de una persona egoísta, que antepone su felicidad personal y sus logros por delante de la gente a la que supuestamente quiere. Lo ves jugar con las vidas de Peter Russo (Corey Stoll), con la de Zoe, con la de Robin… todo por conseguir lo que se ha propuesto.

El principal problema de la serie, igual que en otras como Hannibal, es que muchos capítulos se hacen un poco largos, haciendo que a veces lleguen incluso a parecer aburridos, y también que el tema que trata es muy específico, por lo que necesitas algún que otro conocimiento de como funciona la política americana (yo me he llegado a perder con los nombres de los puestos, y aún ahora no tengo muy claro quién está por encima de quién). Es una serie que a quien le guste el género le va a encantar, pero a quién no le va a costar seguirla y quizá no la disfrute tanto como puede llegar a disfrutarse.

Quiero destacar la bonita metáfora que es el nombre de la serie. Un castillo de cartas necesita de mucha precisión, ya que si una simple carta falla y cae, todo a su alrededor se desmorona. Esto es lo que pasa con el plan de Frank, si algo falla, todo cae, y el está justo encima de todo.

8.8/10

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